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El arroz fue una aportación agarena; desde la lejana India lo
trajeron los árabes y se aclimató en las tierras bajas y pantanosas de
la costa valenciana. Desde entonces no ha dejado de cultivarse. En los
siglos posteriores a la conquista del reino por las huestes cristianas,
el arroz tuvo una participación secundaria, sólo se le concebía como
semilla para preparar una harina más asequible que la de trigo. A partir
del siglo XVIII se fue incrementando su consumo e incorporándose a la
cocina cotidiana; en el XIX constituía el plato fuerte de diario de
todas las familias valencianas, de cualquier clase social; a mediados
del XX, después de la contienda civil, los arroces "a la valenciana", en
particular la paella, extendieron su ámbito a toda la península; en la
actualidad la paella, aunque muchas veces en versiones que los castizos
tildarían de heterodoxas, es conocida en todo el mundo y figura en las
cartas de restaurantes de los países más lejanos y exóticos.
¿Cuántos arroces valencianos hay? ¿Es cierto que se
podría comer uno distinto cada día del año? Es cierto y,
paradójicamente, no es cierto. Los arroces pueden agruparse en "tribus"
o "castas", según la técnica de su elaboración, y después pueden
extenderse en decenas de variantes, según los ingredientes que se
utilicen. El arroz, como la pasta italiana, admite amigablemente
cualquier compañero que refuerce su sabor, y de ahí su proliferación.
Los arroces valencianos, en definitiva, se diferencian según el
recipiente en que se cocinaron: puchero u olla, de paredes altas en
proporción a su fondo; los que se elaboraron en cazuela, y los que lo
hicieron en sartén, pues "paella" ese significado tiene.
Los primeros son siempre arroces caldosos, pues un caldo más o menos
espeso sirve de líquido de gobierno, como los tecnólogos alimentarios
dicen, al resto de los ingredientes; los que se elaboran en cazuela se
subdividen en dos clases: unos secos, que se cocieron al horno y en unas
cazuelas especiales de amplio diámetro y escaso fondo; otros, melosos,
que se guisaron en tradicionales cazuelas de barro o cacerolas de
aluminio. Por último, los arroces que se cocinan en recipientes
metálicos, en especial en el ancho caldero de hierro colado que en la
actualidad, por antonomasia y ya en todas partes, se conoce por paella.
Innecesaria es la advertencia de que los arroces elaborados en tal
recipiente, sometido a un fuego directo y vivo, por fuerza han de ser
arroces de los denominados secos.
Son esenciales, además de pucheros, cazuelas o sartenes, según el caso,
los granos de la Oryza Sativa; todo lo demás —hortalizas, carnes,
pescados, moluscos— son factores relativos. No obstante, una tradición
culinaria ha encasillado ciertas formulaciones que podemos considerar
clásicas. Y así, entre los arroces obtenidos por medio de la cocción en
un puchero, es el más acreditado l'arrós amb fesols i naps (arroz con
judías secas y nabos); un arroz que guarda estrecha relación con las
ollas antes descritas, y donde el arroz aparece acompañado, además de
las judías y nabos que figuran en su denominación, por otras hortalizas,
y como saborizantes por productos cárnicos del cerdo, no debiendo faltar
nunca la oronda morcilla de cebolla.
Entre los arroces que se cuecen en cazuela, es el más popular l'arrós al
forn (arroz al horno), que admite diversas variantes, desde el llamado
de ayuno, donde sólo los garbanzos, las rodajas de tomate y patata, y
una decorativa cabeza de ajos sirven de compañía al arroz, hasta los
arroces ricamente historiados, también por productos procedentes de los
suidos, como el llamado rossejat (dorado) por lo ocre de la superficie
que muestra después de su cocción, y el arrós amb costra (arroz con
corteza), florón de la gastronomía ilicitana, pantagruélico en cuanto a
sus ingredientes y recubierto por una corteza de ovo-productos.
Otros arroces, obtenidos en cazuela honda y guisados en los fogones
caseros son mucho más modestos, como l'arrós amb bledes (arroz con
acelgas) o el arroz con hinojo.
En cuanto a la paella, ha dado lugar a muchas discusiones para fijar su
verdadera receta, y, como ha quedado dicho, es una discusión vana, pues
se pueden obtener magníficas paellas con toda suerte de elementos. No
obstante, hay una que se ha convenido en señalar como la más genuina: la
que lleva en su sofrito previo tomate, pimentón, garrofó, ferradura y
lavella (unas variedades de judías tiernas propias de la huerta
valenciana, y como carnes, las de los animales de corral).
GASTRONOMÍA
DE VALENCIA: LOS PESCADOS
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